Cuando no tengo excusas ante mi mayor tesoro. Así me deslumbran los aguaceros luminosos de Orión.
Y quién la encontrará, vigía anhelante del ataque oscuro. Quién la llevará entre los dedos para coronarla en silencio. Cuando ya no quede nada. Nada más que ella.
Qué frágil es su vestido de seda, su casaca de acero ante el asedio pueril del invierno. No hay nada más allá, sólo estás tú y por eso no habrá nunca final.
martes, 29 de abril de 2008
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