martes, 29 de abril de 2008

El odio de cristal

Caparazón artificial. Oro laminado por el sudor de la alegría. No creo, pero te espero entre los azares de la vida. Una ilusión ensimismada, un trofeo ligero. Un aprendiz que no sabe llorar. Una espiga salpicada por el agua del río. Agua helada, limpia, clara, llévame hasta el mar.

Rayos de ámbar

Cuando no tengo excusas ante mi mayor tesoro. Así me deslumbran los aguaceros luminosos de Orión.

Y quién la encontrará, vigía anhelante del ataque oscuro. Quién la llevará entre los dedos para coronarla en silencio. Cuando ya no quede nada. Nada más que ella.

Qué frágil es su vestido de seda, su casaca de acero ante el asedio pueril del invierno. No hay nada más allá, sólo estás tú y por eso no habrá nunca final.

Crece el hastío

Porque la noche es oscura. Ya no hay estrellas. Apenas siento el estrecho margen entre el cielo y el horizonte. No hay grietas por las que se pueda difuminar el día. Hoy ya no es como ayer porque ya no hay vida detrás del manto de oro azul.

Quieres que lleve tu mano cerca del calor. Pero me lastimas mientras tu pelo nieva puro cuando yo muero.

Detrás de ti encuentro el infinito y deja de serlo para morir conmigo.