Me duele la cabeza. Los sonidos viajan esotéricos de un lado a otro de las rejas. No pienso en ellos como máquinas inconscientes lamentando su vagar sin meta previamente definida. Son vida porque proporcionan vitalidad al ser humano. Un hombre se nutre de pensamientos pero las proteínas son provistas por los elementos cinegéticos.
Me duele la cabeza pero es hora de olvidar el dolor. Es prematuro afirmar que la causa es la nieve blanca que celebra la llegada de la conciencia. Al unísono brillan las estrellas, el sol se quiebra y el nudo del estómago se hace más fuerte.
Hoy acaban de sentir los labios el primer soplo de otoño. Pasado mañana volverán a deslizarse las hojas por el pasamanos de la residencia. La lluvia, la nada, desgasta las sombras que pueblan sus mejillas. Yo no sé qué decir. Mis palabras huyen con pavor del disparadero del alma.
Nieva... y lloro por ella.
miércoles, 18 de abril de 2007
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